James Joyce, libre al fin de derechos de autor

Zúrich, 1941, moría al poco de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Su nieto, Stephan Joyce, se convirtió con el paso de los años en el único familiar vivo del autor de 'Ulises', pasando a gestionar toda la herencia de su abuelo. Pero su excesivo celo por proteger la integridad de su familia (de su abuelo, de su padreGiorgio y de su tía Lucía, de personalidad perturbada) le hicieron impopular, ya que boicoteaba todas y cada una de las iniciativas que surgían en las que se usaba material de su ascendiente: cobraba regalías casi por cualquier cosa, incluso por tan solo citarle.
Cuando en 1991 parecía que todo iba a resolverse, ya que en esa fecha los derechos de autoría literaría expiraban pasando la obra a ser de dominio, uso y disfrute público, una nueva ley europea amplió el plazo original de protección de los derechos de autor de los 50 años hasta los 70 actuales. Todos los interesados en usar cualquier tipo de contenido publicado por James Joyce en vida tendrían que esperar hasta 2011 para ver sus deseos cumplidos.
Pero 2012 ha llegado, poniendo fin al excesivo empeño del albacea, que llegó incluso a destruir más de 1.000 cartas que había recibido Joyce de su hija Lucía. Los derechos de autoría, protegidos durante 50 años y su posterior ampliación hasta 70, han imposibilitado también la investigación académica en torno a la obra del autor. Afortudamente, a día de hoy ya se pueden publicar y citar sin referencia o pago obras como 'Dublineses', 'Retrato del artista adolescente', 'Ulises' y 'Finnegans Wake', según informó en su día el diario 'The Irish Times'.
Pero Joyce no ha sido el único intelectual (ni seguramente sea el último) que ha visto mermada la difusión de su obra por la legalidad imperante. Antes ha habido otros, tal y como resumía el diario 'The Independent': la hermana de Jane Austen quemó casi todas sus cartas y probablemente fueron los familiares de Lewis Carroll quienes arrancaron hojas de sus diarios.
En otras ocasiones, son los propios escritores los que interfieren en la difusión de su obra: Beckett dejó especificado que ninguna mujer debía tener un papel protagonista en su obra dramática 'Esperando a Godot' y Mary Shelley o Kafka solicitaron que sus cartas se quemaran tras su muerte.

Fuente: Azucena Madrigal para El Mundo

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