Sorteo “Gaturro te acompaña en la vuelta al Cole!”

La consigna para participar es muy simple:
- Ingresar a la página de Facebook de EdicionesB y hacerle click a “Me Gusta
- Compartir (share) la foto del sorteo en tu muro.

Participás por uno de los 5 packs de 3 libros Gaturromanía:

Hay tiempo de participar hasta el martes 6 de marzo inclusive.
¡No se lo pierdan y suerte para todos!

CONFERENCIA DE PRENSA. PRIMER FILBA NACIONAL


Conferencia de prensa: 7 de marzo a las 11 de la mañana en Honduras 5582. Capital Federal(en Eterna Cadencia)

anuncia su PRIMER FESTIVAL NACIONAL DE LITERATURA a realizarse en la ciudad de Bahía Blanca, del 22 al 25 de marzo con el objetivo de fortalecer vínculos narrativos y poéticos entre las distintas ciudades del territorio nacional, enriqueciendo el intercambio cultural a nivel federal, la Fundación Filba organizará un festival literario itinerante que se realizará cada año en distintas provincias de nuestro país. Con una convocatoria de más de treinta escritores, periodistas, editores, actores, artistas plásticos y músicos para esta primera edición, el festival busca generar cruces entre agentes de la cultura provenientes de diferentes regiones, dándole visibilidad y difusión en todo el país a la producción nacional y local.

La apertura de esta edición estará a cargo de la poeta Diana Bellesi y algunos de los escritores que ya confirmaron su presencia son: María Moreno, Martín Kohan, Luis Gusmán, Miguel Ángel Molfino, Federico Falco, Juan Diego Incardona, Luis Sagasti, Aníbal Jarkowski y Oliverio Coelho. También asistirán el artista plástico Daniel Santoro y el músico y autor Zambayonny.
Durante el festival se desarrollará una serie de actividades en homenaje a Héctor Libertella, un circuito sobre el puerto como espacio de transición entre el mar y la pampa, actividades relacionadas con las expresiones contemporáneas de la literatura, y se abordarán distintas representaciones del mundo del trabajo en la literatura, el cine y la pintura.
Por último habrá una feria de libros en la que participarán editoriales pequeñas y medianas de todo el país.

ROWLING ESCRIBE NOVELA PARA ADULTOS Y DESATA UNA PUJA EN EL MUNDO EDITORIAL


La puja por editar la primera novela para adultos de J. K. Rowling en el mundo ha empezado. Y en España están detrás de ella Salamandra (su sello actual), Planeta, Plaza y Janés y Suma de Letras (de Santillana). Aunque Salamandra, la editorial que ha publicado la saga de Harry Potter desde el comienzo, tendría la primera opción, no tiene nada seguro. “Estoy esperando la propuesta del agente sobre cómo procederán en España”, afirma Sigrid Kraus, editora del sello español. “Sé que nos tienen en consideración porque están contentos con nosotros, pero también soy consciente de que hay otras editoriales interesadas”, añade.
Y está en lo cierto. La cartografía de las casas Rowling en el mundo cambiará. La euforia por la primera novela para adultos de la autora británica se ha desatado luego de que ella anunciara el jueves en un comunicado un nuevo libro y, sobre todo, el cambio de registro. Lo que, además, anuncia en su página web donde dice que más detalles se conocerán a finales de año; reconoce que se lo ha pasado muy bien con las historias de Harry Potter pero que lo próximo no se parecerá en nada.
Esta mañana las editoriales empezaron sus acercamientos a la agencia de la autora: The Blair partnership. Si Rowling rompió con Bloomsbury, la editorial británica que creyó en su niño mago desde 1997, al cambiarla en su nuevo proyecto por Little, Brown, cualquier cosa puede ocurrir. Y planea la pregunta: ¿Y dónde está Amazon? ¿Quérra editar este libro y dar su primer gran golpe editorial planetario?
Las ofertas no han hecho más que empezar. Aunque todavía no hay material para leer ni cantidad inicial con la que abrir la subasta. Todo se está haciendo a ciegas, basados en el prestigio y potencial de la escritora, que ha vendido más de 400 millones de ejemplares de las siete partes de Harry Potter. Se desconoce la estrategia de la agencia de Rowling al cambiar de sello y de la manera como quiera renovar su imagen y registro literario. Aunque buena parte de los millones de sus lectores ya están en la edad adulta y la podrían seguir en esta nueva aventura.
En España editoriales como Planeta, Suma de Letras y Plaza y Janés (del grupo Random House Mondadori) están interesadas en los derechos para todo el mundo hispanohablante.
“Estamos empezando a pensar de qué manera podemos obtener los derechos”, asegura Pablo Álvarez, editor de Suma de Letras. Uno de sus argumentos es que esta editorial tiene ya una trayectoria de importantes autores que han cambiado de registro, como la estadounidense Stephenie Meyer que pasó del mundo juvenil de Crespúculo al adulto con La huésped; o el director de cine mexicano Guillermo del Toro con el debut literario de su trilogía Nocturna; o escritoras con grandes ventas como la australiana Kate Morton (El jardín olvidado y Las horas distantes). “Esperamos que esta experiencia de estar trabajando con estos autores y en la nueva línea que seguirá Rowling sea tenida en cuenta”.
Hasta ahora no hay mucha información, además de que el libro estaría listo para finales de año. “Si en el Reino Unido se ha cambiado de editorial puede cambiar en otros países”, dice Marcela Serras, directora adjunta de editorial Planeta. “Ya hemos mostrado nuestro interés y ahora estamos a la espera de que la agencia nos dé más información, o algo más concreto, para poder ajustar la oferta”. Serras recuerda que no hay subastas iguales. “Pero esperamos que en algún momento haya un manuscrito”. Tampoco hay una fecha, y si esto se desarrolla de manera normal habrá unos plazos para que todos presenten sus ofertas. La de Planeta es para el mundo en español y en catalán a través de Edicions 62, el sello que edita actualmente a Harry Potter en esa lengua.
Ahora todos esperan que J. K. Rowling y su agencia The Blair partnership abran el juego.

Funte: El País

BOOKTRAILER. S. FITZEK PRESENTA "EL EXPERIMENTO"

Sebastian Fitzek presentando su libro, «El experimento» en Madrid.
¡Una presentación divertida, terrorífica, interesante e inolvidable!


ALFAGUARA INFANTIL Y JUVENIL. ACTIVIDADES "DÍA DE LA BANDERA"

ÚLTIMOS DÍAS. CONVOCATORIA CATÁLOGO EDITORIALES INDEPENDIENTES

LANZAMIENTO. BIOGRAFÍA DE ROGER WATERS (PLANETA)


 Un joven -casi arquitecto- paradójicamente 
construyó su carrera musical derribando muros.
El 1º de marzo en todas las librerías del país.

En la prehistoria de la psicodelia británica de fines de los años 60, Pink Floyd inauguró una forma de hacer música que dinamitó los fundamentos del pop, aquel que lideraba los charts y que el grupo de Londres contaminó con su delirio audiovisual. La nave, comandada por Syd Barret –estrella distante del rock–, encalló pronto: su mentor principal perdió la cabeza por el LSD.
Roger Waters emergió del naufragio para convertir aquella embarcación desquiciada en un crucero que terminó dando la vuelta al mundo. En pocos años, Pink Floyd estilizó el rock y le otorgó un aura conceptual que hizo escuela; del progresismo espacial de El lado oscuro de la luna a la genial aproximación a sus propias miserias en The Wall, Waters imprimió su sello y condujo al grupo a su cenit musical.

Fiel a su costumbre y con la minuciosidad que lo caracteriza, Sergio Marchi aporta un documento esencial para comprender los cómo y los porqué de un fenómeno que, cuarenta años después de su enloquecido bautismo, sigue tan vigente como en sus inicios: Roger Waters. Paredes y puentes: el cerebro de Pink Floyd. Desde el jueves 1º de marzo en todas las librerías de Argentina.
 
Sergio Marchi: nació en Buenos Aires, en 1963.Periodista de rock de los de raza, comenzó su carrera en los tempranos años 80 en radio y medios gráficos y desde entonces se ha convertido en un referente ineludible de la crítica de música en la Argentina. Escribió para las revistas La Mano, Rock & Pop, Ñ y adn; fue redactor y colaborador de Clarín en el suplemento Sí! y en la sección Espectáculos. Idéntica tarea realizó en el diario y tuvo sus propios programas en la Rock & Pop: Scoop y Qué moderno. Su programa Rock Boulevard fue un suceso en Radio Continental. También ha sido el primer editor musical de la versión argentina de Rolling Stone, y realizó la primera “Rolling Stone Interview”. En 1996 publicó No digas nada: una vida de Charly García, biografía que lleva vendidas seis ediciones, Cinta testigo: la radio por dentro (2002), El rock perdido: de los hippies a la cultura chabona (2005) y Beatlend: Los Beatles después de Los Beatles (en colaboración con Fernando Blanco, 2009). Pappo. El hombre suburbano (Planeta, 2011), fue un éxito de ventas que lo consagró definitivamente. En la actualidad conduce Futuro imperfecto por Radio UBA, dicta cursos de rock en todo el país, y colabora en Radar, el suplemento dominical del diario Página/12, y en la revista El Guardián. También escribió para la revista hispano-argentina Orsai. Roger Waters. Paredes y puentes: el cerebro de Pink Floyd es su sexto libro y el tercer título de la colección de Editorial Planeta que se completa con: Pappo El Hombre Suburbano (Sergio Marchi 2011) y León Gieco, Crónica de un sueño (Oscar Finkelstein/León Gieco 2011).

DERECHOS DE LOS USUARIOS EN ‘LA NUBE’

La nube se está perfilando como el futuro debido a las posibilidades que ofrece a los usuarios.
Gracias a la nube, podemos acceder a nuestros contenidos desde cualquier lugar (siempre que tenga acceso a Internet) lo que nos permite poder consultar, cambiar o descargar nuestros archivos sin la necesidad de tener nuestro ordenador a mano. Pero, ¿sabemos cuáles son nuestros derechos en este nuevo medio?
Javier Celaya, autor del libro La empresa en la Web 2.0 ha publicado esta interesante infografía sobre los derechos de los usuarios en la nube, un documento que creemos que os puede interesar y que por eso compartimos con vosotros.


Fuente: AMABook

PRIMER CONCURSO DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA

¡LA CIENCIA TIENE QUIEN LE ESCRIBA!
Primer concurso de divulgación científica
Ciencia que ladra - La Nación



Siglo XXI Editores y La Nación
lanzan por primera vez el
PREMIO INTERNACIONAL CIENCIA QUE LADRA – LA NACIÓN

Se invita a escritores y científicos de cualquier nacionalidad mayores de 18 años a presentar textos que aborden temas de divulgación de las ciencias.
El jurado estará conformado por Nora Bär, Marcelino Cereijido, Guillermo Jaim Etcheverry y Diego Golombek.
El primer premio consistirá en $20.000 (pesos argentinos) más la publicación de la obra ganadora en la colección Ciencia que ladra... El segundo consistirá en una mención y la publicación de la obra.
El plazo de presentación de las obras se extiende hasta el viernes 30 de marzo de 2012 inclusive.
Bases y condiciones en: www.sigloxxieditores.com.ar
Contacto: cql@sigloxxieditores.com.ar

TRAILER DE “HEADHUNTERS” BASADA EN “HODEJEGERNE” DEL EXITOSO ESCRITOR NORUEGO JO NESBO

PRIMER CAPÍTULO DE “ARTEMIS FOWL Y SU PEOR ENEMIGO” DE EOIN COLFER

EXPRESO Y MELAZA
ARTEMIS estaba sentado en un sillón de piel de color rojizo, delante de Beckett y Myles. Su madre yacía en la cama con una gripe leve y su padre se encontraba con el médico en su habitación, así que Artemis trataba de echar una mano encargándose de entretener a los gemelos. Y qué mejor entretenimiento para un par de mocosos que una clase magistral.
Había decidido vestirse con cierto aire informal, con una camisa de seda azul celeste, unos pantalones de lana gris perla y unos mocasines Gucci. Se había retirado el pelo negro de la frente, peinándolo hacia atrás, y estaba poniendo cara de contento, algo que, según tenía entendido, volvía locos a los críos.
–¿Artemis tene caca? –le preguntó Beckett, que estaba en cuclillas sobre la alfombra tunecina vestido únicamente con una camiseta larga que se había bajado hasta las rodillas.
–No, Beckett –contestó Artemis alegremente–. Solo intento poner cara de contento. ¿Y tú no tendrías que llevar un pañal?
–Pañal –soltó Myles, que había aprendido a hacer sus necesidades él solito sin precisar pañales a la edad de catorce meses, construyendo una escalera hasta lo alto de la taza del váter con tomos de enciclopedia.
–Pañal no –repuso Beckett, haciendo pucheros y dando un manotazo a una mosca que aún seguía zumbando atrapada en sus pegajosos rizos rubios –. Beckett no gusta pañal.
Artemis tenía serias dudas de que a la niñera se le hubiese olvidado ponerle un pañal a Beckett, y por un momento se preguntó dónde podía estar ese pañal.
– Muy bien, Beckett –continuó Artemis–. Dejaremos de lado el tema del pañal por el momento y pasaremos a la lección de hoy.
–¡Helado! ¡Sí, sí! ¡De chocolate! –exclamó Beckett, estirando los dedos para tratar de alcanzar un helado de chocolate imaginario.
–No, Beckett, no he dicho «helado», he dicho «de lado».
–¡Y un expreso! –añadió Beckett, cuyo curioso repertorio de sabores favoritos incluía las bolsitas monodosis de café expreso y la melaza. En la misma taza, a ser posible. En cierta ocasión, Beckett había logrado engullir varias cucharadas de dicho mejunje antes de que se lo arrebataran de las manos por la fuerza. El niño no había pegado ojo en veintiocho horas.
–¿Podemos aprender las palabras nuevas, Artemis? –preguntó Myles, que quería volver cuanto antes junto al tarro de moho que tenía en su cuarto–. Es que estoy haciendo espirimentos con el profesor Primate.
El profesor Primate era un mono de peluche, además del compañero de prácticas de laboratorio ocasional de Myles. El muñequito de trapo se pasaba la mayor parte del tiempo metido en un vaso de precipitados de vidrio de borosilicato en la mesa de espirimentos. Artemis había reprogramado la laringe del mono para que respondiese a la voz de Myles con doce frases, entre las que se incluían «¡Está vivo! ¡Está vivo!» y «Este día pasará a la historia, profesor Myles».
–Podrás volver a tu laboratorio enseguida –dijo Artemis con aprobación. Myles y él estaban cortados por el mismo patrón: su hermanito era un científico nato–. Bien, chicos, hoy vamos a aprender algunos términos relacionados con los restaurantes.
–Los estornudos se parecen a los gusanos –comentó Beckett, a quien no se le daba demasiado bien centrarse en un tema.
Su comentario dejó desconcertado a Artemis. Definitivamente, los «gusanos» no formaban parte del menú, aunque era posible que los caracoles sí figurasen en él.
–Olvídate de los gusanos.
–¡Olvidar gusanos! –exclamó Beckett, asustado.
–Solo de momento –trató de tranquilizarlo Artemis–. En cuanto hayamos terminado con nuestro juego de las palabras, podrás pensar en lo que te dé la gana. Y si te portas muy, muy bien, puede que hasta te lleve a ver los caballos.
Montar a caballo era el único ejercicio por el que Artemis había desarrollado cierta afición, y eso se debía sobre todo a que era el caballo el que hacía la mayor parte del esfuerzo.
Beckett se señaló a sí mismo.
–Beckett –dijo con orgullo, convertidos ya los gusanos en un lejano recuerdo.
Myles lanzó un suspiro.
–Serás tonto-rrón…
Artemis empezaba a arrepentirse de haber preparado aquella clase, pero, ya que había empezado, estaba decidido a seguir adelante.
–Myles, no llames tontorrón a tu hermano.
–No pasa nada, Artemis. A él le gusta. Eres un tonto-rrón, ¿a que sí, Beckett?
–Becket tonto-rrón –convino el pequeñajo con alegría.
Artemis se frotó las manos.
–Muy bien, hermanitos. Sigamos adelante. Imaginaos que estáis sentados en una cafetería en Montmartre.
–En París –apostilló Myles, alisándose con aire arrogante el fular que había tomado prestado de su padre.
–Sí, en París. Y por mucho que lo intentéis, no conseguís atraer la atención del camarero. ¿Qué hacéis?
Los niños se lo quedaron mirando perplejos y Artemis empezó a preguntarse si no estaría poniendo demasiadas expectativas en aquella clase. Experimentó cierto alivio, aunque también sorpresa, al ver una chispa de comprensión en los ojos de Beckett.
–Hummm… ¿decirle a Mayordomo que se ponga a saltar encima de su cabeza?
Myles se quedó impresionado.
–Estoy de acuerdo con este tonto-rrón.
–¡No! –exclamó Artemis–. Solo tenéis que levantar la mano así y decir: «Ici, garçon».
–¿«Y sí» qué?
–¿Cómo dices? No, Beckett, no he dicho «y sí». –Artemis lanzó un suspiro. Aquello era imposible. Completamente imposible. Y eso que ni siquiera había sacado todavía sus tarjetas educativas ni su nuevo puntero láser modificado, capaz tanto de resaltar una palabra como de atravesar varias planchas de acero agujereándolas con el calor, todo dependía de la función que se eligiese en el menú de ajustes.
–Vamos a intentarlo juntos. Levantad una mano y decid:
«Ici, garçon». Ahora, todos a la vez.
Los niños hicieron lo que les decía, ansiosos por complacer al chif lado de su hermano.
Ici, garçon –repitieron a coro, levantando las manos regordetas.
Acto seguido, por la comisura de la boca, Myles le susurró a su gemelo–: Artemis tonto-rrón.
Artemis levantó las palmas de las manos.
–Me rindo. Vosotros ganáis, se acabó la clase. ¿Por qué no pintamos unos dibujos, mejor?
–Estupendo –dijo Myles–. Yo podré pintar mi tarro de moho.
Beckett no las tenía todas consigo.
–¿No hay que aprender nada?
–No –contestó Artemis, alborotándole cariñosamente el pelo a su hermano y arrepintiéndose al instante–. No tendrás que aprender nada.
–Bien. Beckett ahora contento. Mira. –Y el niño volvió a señalarse a sí mismo, esta vez concretamente a la amplia sonrisa que le iluminaba la cara.
Los tres hermanos estaban estirados en el suelo, embadurnados hasta los codos de pintura al agua, cuando su padre entró en la habitación. Parecía cansado de su labor como enfermero, pero por lo demás tenía el aspecto vigoroso de alguien en forma, y se movía como un atleta profesional a pesar de su pierna biohíbrida. La pierna llevaba incorporado un hueso alargado artificialmente, prótesis de titanio e implantes de sensores para que las señales cerebrales de Artemis padre hicieran que se moviese. En ocasiones, al final del día, utilizaba una bolsa de gel de las que se calentaban en el microondas para aliviar la rigidez, pero, por lo demás, actuaba como si hubiese nacido con aquella pierna.
Artemis se incorporó y se puso de rodillas, sucio y chorreando pintura.
–He desistido del vocabulario en francés y me he puesto a jugar con los gemelos. –Sonrió, limpiándose las manos–. La verdad es que es una experiencia muy liberadora. Estamos pintando con pintura de dedos. He intentado aprovechar para darles una pequeña charla sobre cubismo, pero he recibido una salpicadura como agradecimiento.
Artemis advirtió entonces que su padre estaba algo más que cansado, estaba muy preocupado.
Se apartó de los gemelos y se dirigió junto a Artemis padre hacia la estantería de libros, que llegaba hasta el techo.
–¿Qué pasa? ¿Madre está peor de la gripe?
El padre de Artemis apoyó una mano en la escalera corrediza, desplazando así su peso de la pierna artificial. Tenía una expresión muy rara, una que Artemis no recordaba haber visto nunca en su cara.
Se dio cuenta entonces de que lo que sentía su padre no era preocupación: lo que sentía Artemis padre era verdadero miedo.
–¿Padre?
Artemis padre asió el travesaño de la escalera con tanta fuerza que la madera se resquebrajó. Abrió la boca para hablar, pero luego pareció cambiar de idea. Entonces fue Artemis el que empezó a preocuparse de veras.
–Padre, tienes que decírmelo.
–Por supuesto –contestó su padre con un sobresalto, como si acabara de darse cuenta de dónde estaba–. Tengo que decírtelo…
En ese momento una lágrima le resbaló del ojo y le cayó en la camisa, cuyo azul se oscureció.
–Recuerdo la primera vez que vi a tu madre –le contó–.
Yo estaba en Londres, en una fiesta privada del club. Era una sala llena de bribones y sinvergüenzas, y yo era el mayor de todos. Ella me hizo cambiar, Arty. Me rompió el corazón y luego volvió a recomponer los pedazos… Angeline me salvó la vida. Y ahora…
Artemis sintió que le f laqueaban las piernas de los nervios.
La sangre le golpeaba los oídos como las olas del Atlántico.
–¿Se está muriendo madre, padre? ¿Es eso lo que tratas de decirme?
La posibilidad le parecía absurda, imposible.
Su padre pestañeó, como si acabara de despertarse de un sueño.
–No si los hombres Fowl tienen algo que decir al respecto, ¿eh, hijo? Ha llegado la hora de hacer honor a tu reputación.
–Los ojos de Artemis padre brillaban rebosantes de desesperación–. Haremos todo lo que sea necesario, hijo. Todo lo que haga falta.
Artemis sintió que una oleada de pánico se apoderaba de su cuerpo.
«¿Todo lo que sea necesario?»
«Tranquilízate –se dijo–. Tú puedes solucionar esto.»
Artemis no conocía todavía todos los detalles, pero confiaba razonablemente en que fuese lo que fuese lo que padeciese su madre podría curarse con una chispa de magia de las Criaturas, y él era el único humano sobre la faz de la tierra con esa clase de magia en sus venas.
–Padre –dijo, con delicadeza–, ¿se ha ido ya el médico?
Por un momento, aquella pregunta pareció desconcertar a Artemis padre, pero luego recordó.
–¿Si se ha ido? No. Está en el recibidor. Pensé que tal vez querrías hablar con él, por si hay algo que a mí se me haya podido escapar preguntarle…
Artemis se sorprendió solo a medias al encontrarse en el vestíbulo con el doctor Hans Schalke, el principal experto de toda Europa en enfermedades raras, en lugar de ver al médico habitual de la familia. Lógico, su padre habría mandado llamar al doctor Schalke en cuanto el estado de Angeline Fowl empezó a empeorar. Schalke esperaba debajo del emblema en filigrana de los Fowl, con un maletín de médico de cuero montando guardia junto a sus tobillos como un escarabajo gigante.
Estaba atándose el cinturón de una gabardina gris y hablando en tono cortante con su ayudante.
Todo en el doctor Schalke era cortante, desde el ángulo del pico entre las entradas del pelo hasta los rasgos afilados de su nariz y sus pómulos. Unos óvalos idénticos de cristal cortado aumentaban el tamaño de los ojos azules del médico, y su boca, rotunda como una cuchillada, se le torcía hacia abajo de izquierda a derecha, y apenas la movía al hablar.
–Todos los síntomas –estaba diciendo, con voz sorda y acento alemán–. En todas las bases de datos, ¿entendido?
Su ayudante, una mujer joven y menuda vestida con un traje gris de corte muy elegante, asintió varias veces, introduciendo las instrucciones en la pantalla de su teléfono inteligente.
–¿En las universidades también? –preguntó.
–En to-das –contestó Schalke, acompañando la palabra de un ademán impaciente–. ¿No he dicho todas? ¿Es que no entendido mi acento? ¿Es que porque vengo de Alemania?
–Lo siento, doctor –dijo la ayudante, compungida–. En todas, por supuesto.
Artemis se acercó al doctor Schalke y le tendió la mano, pero el médico no quiso estrechársela.
–Por precaución ante posible contaminación, señor Fowl –dijo, sin ánimo de disculparse ni de mostrar compasión–.
Todavía no hemos decidido si la enfermedad de su madre es contagiosa.
Artemis cerró el puño y se llevó la mano detrás de la espalda.
El doctor tenía razón, claro.
–No nos habíamos visto hasta ahora, doctor. ¿Tendría la bondad de describir los síntomas de mi madre?
El médico dio un resoplido de irritación.
–Está bien, joven, pero yo no acostumbrado a tratar con niños pequeños, así que no me voy a andar con rodeos.
Artemis tragó saliva, con la garganta seca de repente.
«No va a andarse con rodeos…»
–Es posible que la enfermedad de su madre sea caso único en el mundo –explicó Schalke, interrumpiendo el trabajo de su ayudante con un chasqueo de los dedos–. Por mis observaciones, sus órganos parecen estar fallando.
–¿Qué órganos?
–Todos sus órganos –dijo Schalke–. Necesito traer equipo aquí desde mi laboratorio en Trinity College. Obviamente, es imposible trasladar a su madre. Mi ayudante, Imogen, la señorita Book, cuidará de ella hasta mi regreso. La señorita Book no solo es mi publicista, sino también excelente enfermera.
Una combinación muy útil, ¿no es cierto?
Con su visión periférica, Artemis vio a la señorita Book salir a toda prisa por una esquina, balbuceando una frase por el auricular de su teléfono. Esperaba que la publicista-enfermera hiciese gala de una mayor seguridad en sí misma atendiendo a su madre.
–Supongo que sí. ¿Todos los órganos de mi madre, dice?
¿Absolutamente todos?
A Schalke no le gustaba repetirse.
–Síntomas me recuerdan al lupus, pero más agresivo aún, combinado con las tres fases de la enfermedad de Lyme. Una vez vi una tribu del Amazonas con mismos síntomas, pero no tan severos. Si sigue empeorando así, tu madre tiene días contados.
Con franqueza, dudo que haya tiempo de realizar pruebas.
Necesitamos cura milagrosa, y en mi considerable experiencia, curas milagrosas no existen.
–Puede que sí existan… –repuso Artemis con aire ausente.
Schalke recogió su maletín.
–Ponga su fe en ciencia, joven –le aconsejó el médico–. La ciencia ayudará a su madre más que poderes misteriosos.
Artemis le sujetó la puerta a Schalke, observando cómo bajaba la docena de escalones que le llevaban a su Mercedes-Benz de época. El coche era gris, como las magulladas nubes del cielo.
«No hay tiempo para la ciencia –se dijo el adolescente irlandés–.
La magia es mi única opción.»
Cuando Artemis regresó a su estudio, su padre estaba sentado en la alfombra con Beckett, que le trepaba por el torso como si fuera un mono.
–¿Puedo ver a madre ahora? –le preguntó Artemis.
–Sí –contestó su padre–. Ve a ver qué puedes averiguar. Observa sus síntomas para tu búsqueda.
«¿Mi búsqueda? –se extrañó Artemis–. Se avecinan tiempos difíciles…»
El descomunal guardaespaldas de Artemis, Mayordomo, lo esperaba al pie de las escaleras vestido con el equipo de kendo, con la máscara retirada hacia atrás, lo que dejaba al descubierto sus facciones curtidas.
–Estaba en el dojo, entrenándome con el holograma –le explicó–. Tu padre me ha llamado y me ha dicho que se requería inmediatamente mi presencia. ¿Qué ocurre?
–Se trata de madre –dijo Artemis, pasando por su lado–.
Está muy enferma. Voy a ver qué puedo hacer.
Mayordomo apretó el paso para alcanzar a su protegido, haciendo un gran estruendo con las protecciones pectorales.
–Ten cuidado, Artemis. La magia no es como la ciencia, no puedes controlarla. No querrás que el estado de la señora Fowl empeore por algún efecto indeseado de la magia…
Artemis llegó a lo alto de la escalinata y acercó la mano al pomo de bronce de la puerta con aire vacilante, como si estuviese electrificado.
–Lo que me temo es que no pueda empeorar aún más…
Artemis entró solo, dejando que el guardaespaldas se despojase de las protecciones para la cabeza y del protector del torso de hon nuri. Debajo llevaba un chándal de deporte en lugar de los tradicionales pantalones anchos. Tenía el pecho y la espalda empapados de sudor, pero Mayordomo hizo caso omiso de sus ganas de ducharse y permaneció montando guardia en la puerta, sabiendo que no debía tratar de espiar qué ocurría dentro de la habitación pero deseando poder hacerlo.
Mayordomo era el único humano aparte de Artemis que conocía toda la verdad acerca de las incursiones en la magia del muchacho. Había velado por la seguridad de su joven protegido en todas sus aventuras, enfrentándose a seres mágicos y a humanos por todos los continentes. Sin embargo, Artemis había realizado el viaje en el tiempo al limbo sin él, y había regresado cambiado. Una parte de su joven protegido era ahora mágica, y no solo el ojo izquierdo de color avellana de la capitana Holly Canija que el túnel del tiempo le había cambiado por el suyo propio. Durante el viaje de la Tierra al limbo y luego de vuelta, Artemis se las había arreglado para robar unas cuantas chispas de magia de los seres mágicos cuyos átomos se habían mezclado con los suyos en el túnel del tiempo. Cuando había vuelto a casa del limbo, Artemis les había «sugerido» a sus padres, mediante el persuasivo y mágico método del encanta, que sencillamente no pensasen en dónde había estado durante los años anteriores. No era un plan demasiado sofisticado, sobre todo teniendo en cuenta que su desaparición había ocupado las portadas de los noticiarios del mundo entero y que el tema había surgido en todos y cada uno de los actos sociales a los que habían asistido los Fowl.
Sin embargo, hasta que Artemis lograse hacerse con algún tipo de equipo tecnológico de la PES para una limpieza de memoria o hasta que inventase el suyo propio, tendría que bastar con eso. Les «sugirió» a sus padres que, si alguien les preguntaba por él o dónde había estado, se limitasen a contestarle que se trataba de un asunto familiar y le pidiesen que respetase su intimidad.
«Artemis es un humano mágico –pensó Mayordomo–. El único que existe.»
Y en ese preciso instante, Mayordomo supo que Artemis iba a utilizar su magia para tratar de curar a su madre. Era un juego peligroso, pues la magia no era una parte natural de su modus operandi habitual. Cabía la posibilidad de que el chico eliminase una serie de síntomas pero hiciese aparecer otros.
Artemis entró despacio en el dormitorio de sus padres. Los gemelos irrumpían ruidosamente allí a cualquier hora del día y de la noche, y se abalanzaban sobre la cama con dosel y cuatro columnas para luchar con su padre y con su madre, que reaccionaban con fingidas protestas, pero Artemis nunca había experimentado nada semejante: su infancia había sido una época de orden y rigurosa disciplina.
«Llama siempre a la puerta antes de entrar, Artemis –le había inculcado su padre–. Es una señal de respeto.»
Sin embargo, su padre había cambiado. Siete años antes había estado cara a cara con la muerte y esa experiencia le había enseñado lo que era verdaderamente importante. Ahora siempre estaba dispuesto a abrazar a sus queridos hijitos y a rodar entre las sábanas con ellos.
«Para mí ya es demasiado tarde –pensó Artemis–. Soy demasiado mayor para esas luchas de almohadas con mi padre.»
Lo de su madre era distinto. Ella nunca había sido fría con él, salvo por los períodos de depresión cuando su padre estaba desaparecido, pero la magia de las Criaturas y el regreso de su amado marido la habían salvado de eso y ahora volvía a ser la de siempre. O al menos lo había sido hasta entonces.
Artemis atravesó la habitación lentamente, temeroso de lo que pudiese encontrar allí. Avanzaba cauteloso por la alfombra, con cuidado de pisar entre las enredaderas nevadas de la trama del tejido.
«Pisa la nieve, cuenta hasta nueve.»
Era una costumbre de cuando era pequeño, una vieja superstición que le susurraba al oído su padre. Artemis no la había olvidado y siempre contaba hasta nueve para ahuyentar la mala suerte si es que, aunque fuese con un solo dedo del pie, llegaba a pisar la nieve de las enredaderas de la alfombra.
La cama de cuatro columnas estaba al fondo de la habitación, bañada en la luz del sol y entre espesos cortinajes. Un soplo de brisa se coló en la estancia e hinchó la seda como si fueran las velas de un barco pirata.
Una de las manos de su madre colgaba inerte, pálida y delgada, de un costado de la cama.
Artemis se quedó horrorizado. Tan solo un día antes, su madre estaba estupendamente. Estornudaba de vez en cuando, pero era la misma mujer alegre y cariñosa de siempre.
–Madre… –exclamó al verle la cara, como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago.
Aquello no era posible; en apenas veinticuatro horas, su madre se había deteriorado tanto que parecía poco más que un esqueleto. Tenía los pómulos afilados como cuchillos, y los ojos hundidos en sendas cuencas oscuras.
«No te preocupes –se dijo Artemis–, dentro de unos pocos segundos madre volverá a estar bien, y luego ya investigaré qué es lo que ha podido pasar.»
La hermosa melena de Angeline Fowl estaba encrespada y tenía un aspecto quebradizo, y unos mechones sueltos y resquebrajados se extendían por su almohada como una telaraña.
Además, de los poros de su piel emanaba un olor un tanto extraño…
«A lirios –pensó Artemis–. Un olor dulce pero enfermizo.»
En ese preciso instante, Angeline abrió los ojos de golpe, unos ojos redondos inundados por el pánico. Arqueó la espalda al intentar respirar a través de un tubo muy estrecho, aferrándose a la inhalación de aire con manos desesperadas.
Con la misma rapidez con la que había abierto los ojos, se desmayó, y por un terrible instante Artemis pensó que la había perdido para siempre.
Sin embargo, en ese momento, la mujer pestañeó y le tendió una mano.
–Arty –dijo, su voz apenas un susurro–, estoy teniendo un sueño muy extraño. –Una frase corta, pero tardó una eternidad en acabar de pronunciarla, con la respiración entrecortada con cada sílaba.
Artemis tomó la mano de su madre. Qué escuálida era… un puñado de huesos.
–O tal vez estoy despierta y mi otra vida es un sueño.
A Artemis le dolía oír hablar así a su madre, le recordaba a los ataques que solía tener años antes.
–Estás despierta, madre, y yo estoy aquí. Tienes un poco de fiebre y estás algo deshidratada, eso es todo, no hay por qué preocuparse.
–¿Cómo voy a estar despierta, Arty… –dijo Angeline, con ojos serenos rodeados de unos círculos negros– si siento que me estoy muriendo? ¿Cómo voy a estar despierta si siento eso?
La fachada de serenidad de Artemis se vino abajo cuando la oyó pronunciar esas palabras.
–Es que… es que… es la fiebre –tartamudeó–. Ves las cosas un poco deformadas. Todo volverá a la normalidad muy pronto, te lo prometo.
Angeline cerró los ojos.
–Y mi hijo cumple sus promesas, ya lo sé. ¿Dónde has estado estos últimos años, Arty? Estábamos tan preocupados…
¿Por qué no tienes diecisiete años?
En su delirio, Angeline Fowl vio, a través de un velo de magia, la verdad. Se dio cuenta de que su hijo había permanecido desaparecido tres años y había vuelto a casa con la misma edad que tenía cuando desapareció.
–Tengo catorce años, madre, ya casi quince, así que seguiré siendo un crío durante un buen tiempo. Ahora, cierra los ojos, y cuando vuelvas a abrirlos, todo se habrá arreglado.
–¿Qué has hecho con mis pensamientos, Artemis? ¿De dónde has sacado toda esa fuerza?
Artemis estaba sudando; el calor de la habitación, el olor enfermizo y su propia ansiedad.
«Lo sabe. Madre lo sabe. Si la curas, ¿se acordará de todo?»
Daba igual. Ya se encargaría de eso a su debido tiempo. Su prioridad era curar a su madre.
Artemis apretó con fuerza la frágil mano, notando cómo los huesos rechinaban con la fricción. Estaba a punto de emplear la magia con su madre por segunda vez.
La magia no formaba parte del espíritu de Artemis, por lo que padecía fuertes dolores de cabeza cada vez que la em pleaba. Aunque era humano, las reglas de la magia de las Criaturas ejercían cierto dominio sobre él. Se veía obligado a tomar pastillas para el mareo antes de entrar en alguna vivienda sin ser invitado, y cuando había luna llena casi siempre se veía a Artemis encerrado en la biblioteca, con la música a todo volumen para sofocar las voces que oía en su cabeza. La gran comunidad de Criaturas mágicas. Los seres mágicos tenían poderosos recuerdos propios de su linaje que af loraban a la superficie como una oleada de emoción en estado puro, y acarreaban migrañas consigo.
A veces Artemis se preguntaba si no habría sido un error robar la magia, pero, en los últimos tiempos, los síntomas habían cesado. Ya no había sufrido más migrañas ni mareos. Puede que su cerebro estuviese adaptándose a la presión que suponía ser una Criatura mágica.
Artemis agarró los dedos de su madre con delicadeza, cerró los ojos y puso la mente en blanco.
«Magia. Solo magia.»
La magia era una fuerza salvaje, y era necesario controlarla.
Si Artemis dejaba a su pensamiento campar a sus anchas, la magia también haría lo mismo y, cuando abriese los ojos, se encontraría a su madre igual de enferma y con el pelo teñido de otro color.
«Cúrate –pensó–. Recupérate, madre.»
La magia respondió a su deseo y se propagó por sus extremidades emitiendo un zumbido y produciéndole cosquilleos. Unas chispas azules le rodearon las muñecas, crepitando y moviéndose como montones de luciérnagas azules, casi como si estuvieran vivas.
Artemis pensó en su madre en tiempos mejores. Se la imaginó con la piel radiante, con los ojos brillando de felicidad.
La oyó reír, sintió el tacto de sus manos en el cuello. Recordó la fuerza del amor de Angeline Fowl por su familia.
«Eso es lo que quiero.»
Las chispas captaron sus deseos y f luyeron hacia Angeline Fowl, se hundieron en la piel de su mano y su muñeca y rodearon como si fueran cuerdas sus brazos descarnados. Artemis apretó con más fuerza y un torrente de destellos mágicos se desplazó de sus dedos al cuerpo de su madre.
«Cúrate –pensó–. Expulsa a la enfermedad de tu cuerpo.»
Artemis había usado su magia antes, pero esta vez era distinto: se encontró con cierta resistencia, como si el cuerpo de su madre no quisiese curarse y estuviese rechazando aquella fuerza externa. Unas chispas crepitaron en su piel, se contrajeron en un espasmo y desaparecieron.
«Más –pensó Artemis–. Más.»
Apretó con más fuerza, sin hacer caso del repentino y cegador dolor de cabeza y de las náuseas inminentes.
«Cúrate, madre.»
La magia envolvió a su madre como a una momia egipcia, serpenteando por debajo de su cuerpo y levantándola quince centímetros por encima del colchón. La mujer se estremeció y gimió, mientras sus poros emitían vapor, que chisporroteaba al entrar en contacto con las chispas azules.
«Sufre mucho dolor –se dijo Artemis, abriendo un ojo apenas un milímetro–. Esto es una agonía para ella, pero no puedo parar ahora.»
Artemis profundizó aún más, recorriendo sus extremidades en busca de los últimos vestigios de magia que quedaban en su cuerpo.
«Todo. Dale hasta la última chispa.»
La magia no formaba parte intrínseca de Artemis; la había robado y ahora volvía a expulsarla de su cuerpo, invirtiendo toda la que tenía en aquel intento de curación. Y pese a todo, no estaba surtiendo efecto. No, era algo más que eso: la enfermedad de su madre se estaba haciendo más fuerte, repelía cada oleada azul, despojaba a las chispas de su color y su poder, y las ahuyentaba expulsándolas hacia el techo.
«Aquí ocurre algo raro –pensó Artemis, con la bilis en la garganta y una punzada de dolor en el ojo izquierdo–. No debe ría pasar nada de esto.»
La última gota de magia abandonó su cuerpo dando una sacudida y Artemis salió catapultado del lado de la cama de su madre, dando saltitos por todo el suelo y luego tumbos de cabeza hasta acabar despatarrado encima de una chaise longue.
Angeline Fowl sufrió un último espasmo y luego volvió a desplomarse sobre el colchón. Tenía el cuerpo empapado de una extraña sustancia clara y pegajosa. Las chispas mágicas centelleaban y desaparecían en aquella capa viscosa, que se evaporó casi con la misma rapidez con la que había aparecido.
Artemis permaneció tumbado con la cabeza entre las manos, esperando a que cesara aquel caos en su cerebro, incapaz de moverse ni de pensar. Era como si hasta su propia respiración le raspase contra el cráneo. Al final, el dolor se mitigó hasta convertirse en un martilleo, y un batiburrillo inconexo de palabras empezó a condensarse en frases.
«La magia ha desaparecido. La he gastado toda. Soy completamente humano.»
Artemis oyó el chirrido de la puerta del dormitorio, abrió los ojos y se encontró con Mayordomo y con su padre, que lo miraban con gesto de extrema preocupación.
–Hemos oído un estrépito, debes de haberte caído al suelo –dijo Artemis padre, sujetando a su hijo del codo para ayudarlo a levantarse–. No debería haberte dejado entrar aquí solo, pero creí que tal vez tú podrías hacer algo. Tienes ciertas… habilidades, lo sé. Esperaba… –Arregló la camisa de su hijo y luego le dio una palmadita en el hombro–. Ha sido una estupidez por mi parte.
Artemis se quitó de encima la mano de su padre y corrió junto al lecho de su madre convaleciente. Con un solo vistazo confirmó lo que ya sabía: no había curado a su madre. No tenía color en las mejillas ni respiraba con facilidad.
«Ha empeorado. ¿Qué he hecho?»
–¿Qué tiene? –exclamó su padre–. ¿Se puede saber qué demonios le pasa? Si continúa empeorando a este ritmo, en menos de una semana mi Angeline estará…
Mayordomo lo interrumpió bruscamente.
–Ahora no es el momento de tirar la toalla, caballeros. Todos tenemos contactos de nuestro pasado que tal vez puedan arrojar un poco de luz sobre la enfermedad que sufre la señora Fowl. Individuos con los que, de otro modo, no nos gustaría que nos relacionaran. Los encontraremos y los traeremos aquí lo antes posible. Pasaremos por alto molestias tales como pasaportes, visados y toda esa parafernalia, los traeremos aquí y ya está.
Artemis padre asintió con la cabeza, al principio muy despacio, pero luego más vigorosamente.
–Sí, sí, maldita sea. No está todo perdido todavía. Mi Angeline es una luchadora, ¿a que sí, amor mío?
Le tomó la mano con suma delicadeza, como si estuviera hecha del cristal más frágil del mundo. Ella no reaccionó al tacto de su mano ni a su voz.
–Hablamos con todos los especialistas en medicina alternativa de Europa sobre los dolores de mi pierna falsa. A lo mejor uno de ellos puede ayudarnos con esto.
–Conozco a un hombre en China –dijo Mayordomo–. Trabajaba con madame Ko en la academia de guardaespaldas. Hacía auténticos milagros con las hierbas. Vivía en lo alto de las montañas. Nunca ha salido de su provincia en China, pero vendría aquí por mí.
– Muy bien –dijo Artemis padre–. Cuantas más opiniones tengamos, mucho mejor. –Se dirigió a su hijo–. Escucha, Arty, si conoces a alguien que pueda sernos de ayuda, a cualquiera…
Tal vez tengas algún contacto en los bajos fondos…
Artemis dio la vuelta a un anillo un tanto ostentoso que llevaba en el dedo corazón para esconder en la palma la parte delantera. En realidad, aquel «anillo» era un comunicador mágico camuflado.
–Sí –dijo–, la verdad es que sí tengo algún que otro contacto en los bajos fondos…

Fuente: RHM

CINCO AUTORES NÓRDICOS OFRECEN SUS MEJORES CRÍMENES

Hace unos días recomendamos autores suecos. Hoy le toca el turno a los nórdicos.
Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega e Islandia nos brindan sus mejores crímenes.

EL LADO OSCURO
Lotte Hammer y Søren Hammer
Roca Editorial; 2011
Dinamarca
La primera novela de una serie escrita a cuatro manos por dos hermanos, un hombre y una mujer, tiene todos los ingredientes para convertirse en un clásico del policial danés. En Copenhague, unos niños encuentran en el gimnasio de su escuela cinco cadáveres mutilados. El veterano inspector Konrad Simonsen será convocado para la investigación. Pero la elección de las víctimas no es aleatoria y el pasado de las mismas generará un debate en toda la sociedad sobre la legitimidad de la justicia por mano propia cuando las leyes son débiles. Intensa, oscura y cuestionadora.

DAME TUS OJOS
Torsten Pettersson
Grijalbo; 2011
Finlandia
Catedrático y prolífico autor, Torsten Pettersson hace su primera incursión en el género negro con una trama inquietante y de original estructura. En Finlandia aparecen varios cadáveres mutilados, lo sabremos a través de los escritos y grabaciones del comisario Harald Lindmark, que está al frente del caso y emprende un complejo viaje psicológico a través de la mente del criminal para entender su lógica. También, en esta suerte de expediente brillantemente narrado, leeremos los escritos del asesino y los diarios de las víctimas. Escalofriante de principio a fin.

UNA VIDA DE LUJO
Trilogía negra de Estocolmo III
Jens Lapidus
Suma de Letras; 2011
Suecia
Cercana a la novela negra norteamericana, Jens Lapidus cierra esta cruda trilogía sobre los bajos fondos de Estocolmo. A diferencia del policial cultivado por otros compatriotas, el autor desmenuza lo que mejor conoció en sus años como abogado: todas las formas de criminalidad y corrupción que se mueven en la trastienda de una ciudad moderna, desde los negocios ilegales hasta las mafias que lavan dinero a través de actividades industriales. Su estilo veloz, con la impecable traducción del escritor sueco Martin Simonson, recuerda a Brett Easton Ellis y a James Ellroy.

LA TRAMPA DE MIEL
El primer caso de la agente Marian Dahle
Unni Lindell
Siruela Policíaca; 2011
Noruega
Unni Lindell es, junto con Jo Nesbo, una de las referencias de la novela policial de Noruega. Su personaje emblemático es el detective Cato Isaksen y en esta novela, la primera en traducirse al español, se suma a su equipo la enigmática agente Marian Dahle. En el verano de Oslo, la desaparición de un niño y la muerte de una mujer atropellada tienen un extraño nexo; un vendedor ambulante de helados. Magistralmente desmenuzadas, las profundidades psicológicas de los sospechosos y de los mismos investigadores del equipo irán dando forma a una historia plena de oscuridades.

EL HOMBRE DEL LAGO
Arnaldur Indridason
RBA; 2010
Islandia
Este es el cuarto caso del inspector Erlendur Sveinsson y una magnífica oportunidad para sumergirse en la atmósfera misteriosa de Islandia. Un esqueleto aparece en un lago que se está secando por un fenómeno geológico. Lleva unos treinta años enterrado y atado a un viejo transmisor ruso. Mientras lidia con una atormentada vida personal, el inspector y sus dos ayudantes, una oficial que escribe libros de cocina y un inspector algo bizarro, seguirán un sinfín de pistas sobre desaparecidos de entonces, obligados a reconstruir una historia de mentiras, secretos, traiciones e investigaciones mal llevadas.

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