MARÍA INÉS KRIMER: Una trama policial que conecta el glamour con la explotación laboral (Por Julieta Grosso para TELAM)

Con su novela Sangre fashion, la escritora María Inés Krimer diluye los componentes misóginos de la novela negra para consolidar a una heroína que lejos del arquetipo atormentado y adicto al trabajo, despliega una pesquisa en torno al asesinato de una modelo mientras lucha contra el mandato de la belleza imperecedera y deja al descubierto una trastienda que conecta al glamour y las pasarelas con la explotación y la mano de obra ilegal.


A esta escritora nacida en Paraná y empujada al policial por placer pero también por el afán reinvindicativo de desmarcar a las mujeres de la dialéctica víctima-victimario que les ha impuesto la tradición que va de Edgar Allan Poe a Raymond Chandler, le gusta trabajar en la cornisa del género: no es extraño entonces que el resonante asesinato que inaugura su tercera novela se diluya a hurtadillas como motor del relato para dar paso a otras cuestiones ajenas a la naturaleza del policial.
Bajo ese propósito se erige la arquitectura concisa de Sangre fashion, la obra recién publicada por la colección Negro Absoluto que vuelve a poner en escena a la archivista jubilada e informal detective Ruth Epelbaum, atenta por igual a las pistas que se alinean para develar una trama de ilícitos detrás de la industria de la moda y a las estrategias de una mujer de mediana edad para camuflar los signos de una juventud que declina.
“Me gusta la mezcla de registros. El policial argentino, desde su inicio, se ha movido en el borde, no en el centro del género, buscando formas propias -explica Krimer a Télam-. Creo que puede leerse como una metáfora del escritor y sus búsquedas, del hombre en busca de una verdad”.
Sin la autosuficiencia o la contracción al trabajo de otros íconos del género, Ruth irrumpe como una mujer ordinaria: orgullosa de su ascendencia judía, de a ratos enfrascada en la incertidumbre que le provoca su inestabilidad laboral y siempre impulsada a la pesquisa más por azar que por convicción.
“Uno de los cambios que define el paso del policial deductivo a la novela negra es el lugar de las mujeres. En el primero todas son víctimas: la madre y la hija de la calle Morgue, Marie Roget y la dama de la carta robada. En la novela negra, como en Chandler, son las asesinas. Un podio no muy deseable, por cierto”, destaca Krimer.
“Ruth tiene los componentes que pide Chandler en El simple arte de matar: habla idish, lee a Bashevis Singer, tiene amantes. Es una mujer de clase media que vive sola en la calle Gurruchaga, con la compañía de Gladys, su empleada, una mujer común que es, al mismo tiempo, especial… -describe-. En Alemania dicen que es una mezcla de Philip Marlowe con Pedro Almodóvar”.
Con estas señas particulares, la autora de Sangre kosher y Siliconas expresspretender sortear las dificultades para alcanzar el verosí­mil en una sociedad donde la investigación está asociada a la mano de obra desocupada post-dictadura.
La manera azarosa en la que Ruth se conecta con la indagación del asesinato de una modelo y a su vez el desprecio que expresa por la autoridad en cada oportunidad que tiene a mano, ilustra cómo el policial nativo estuvo obligado a constituirse desde un lugar propio que lo aleja de la tradición del género, en el que el paradigma por excelencia es el policí­a reputado y respaldado por la sociedad.
En la narrativa argentina, la figura del policí­a está imbuida de un descrédito o sospecha que parece irremontable: “Como bien lo ha señalado Carlos Gamerro, la última dictadura militar fue una experiencia que también alcanzó nuestra capacidad de imaginarla -analiza Krimer-. La idea de ligar la policía con el crimen organizado quedó dando vueltas y los posteriores años de democracia no hicieron más que ratificarla”.
“Esto determina que la ficción policial encuentre grandes dificultades en la construcción del verosímil. Los detectives privados son, por lo general, ex policías o servicios; por lo tanto la investigación- la trama- solo puede ser llevada por un periodista o un particular. Me parece interesante tomar el policial como punto de partida, ver qué hacemos con el género. Como una modista, lo extiendo sobre la mesa y decido si cortar una blusa o una pollera”, gráfica.
“A lo mejor me estoy volviendo menos obsesiva o más vieja, pero es bueno sentir que hay casos que es mejor dejar sin resolver”, desliza Ruth en un momento de esta trama que en menos de 150 páginas concentra asesinatos, un suicidio y una muerte casi accidental bajo un trasfondo donde el ojo avizor de la detective disecciona las reglas de la moda, los rostros hieráticos deformados por el botox y toda una fauna autóctona que huele a perfume importado y se excita con el flash de los fotógrafos.
“Ruth es una mina que se para frente a la realidad con preguntas, eso está en el corazón de la tradición judía. Hay un orden en la pregunta misma. Y en ese sentido la respuesta -la resolución del caso, el pretendido enigma- no es lo que más me interesa”, indica la autora de La hija de Singer y El cuerpo de las chicas, que en los próximos días será una de las oradoras del BAN!, el festival de novela negra que arranca el viernes.

Como en instancias anteriores, la protagonista de Sangre fashion parece siempre ubicada en el momento y el lugar indicado. Tiene vida propia más allá de su compromiso con la tarea detectivesca: la dilucidación del asesinato de la modelo se le instala delante de los ojos como una misión ineludible, aunque en esta historia la resolución del caso es una instancia casi anecdótica.
¿Esta elección se entronca con un giro o vuelta de tuerca del género, que se despega por momentos de la trayectoria del “enigma” y se abre a otras variantes que antes podí­an ser consideradas periféricas? “Creo que no necesitamos el policial para saber lo que pasa alrededor, sí, de alguna manera, para pensarlo”, arriesga Krimer.
“Según mi editor, Ricargo Romero, además de los crímenes clásicos, las grandes estafas y los poderosos siempre impunes, están también los crímenes de cabotaje, los que suceden en los márgenes y no salen en las noticias: crímenes llenos de insignificancia que cuestionan el sinsentido de la violencia”, asegura.
“Y ahí está lo verdaderamente siniestro, la frontera que solo podemos atravesar con lo literario: la ficción es la que se encarga de mostrarlos. Esos crímenes de cabotaje son, justamente, los que le interesan a Ruth”, reafirma.
La heroína de Krimer acaso intuye que esa verdad resulta anecdótica o insuficiente frente al peso irrevocable de otras cuestiones que la investigación le ha permitido descubrir, como la precarización del trabajo y la explotación de inmigrantes ilegales que se encubren detrás del éxito de marcas reconocidas.
“Sin mecanismos de control sobre el mercado, es obvio que en la industria textil, como en tantas otras, se imponga la ley del más fuerte. Buenos Aires es una ciudad tentadora para los inmigrantes bolivianos y de ahí a ‘tomar el charter’ hay un solo paso. En el año 2006 el incendio de un taller de confección de ropa en la calle Luis Viale terminó con la vida de seis personas, entre ellas cuatro chicos que trabajan en condiciones de esclavitud moderna”, señala.
“Si opté por el anclaje de género fue porque es apto para contar esta historia y, diría, casi natural. Hay una tradición en la violencia en la literatura argentina que arranca con «El Matadero» y se extiende a la actualidad”, concluye Krimer.


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