domingo, 22 de mayo de 2016

CUENTO COMPLETO: POR MIS HIJAS, una historia policial de Manuela Centeno

POR MIS HIJAS
A Nidia F.
Sobre la autora:


Sandra se acuesta, apoya la cabeza en la almohada y se acomoda contra la pared para mirar el cielo desde la ventana; un recorte donde entran dos estrellas; con eso le alcanza, son esas dos las que necesita: Paula y Lola, mirándolas puede dormitar por algunas horas. Si esa ventana no existiera, hace rato que se hubiese cortado la yugular con la cuchillita del sacapuntas que, en una visita, Paula, la más chica, le dejó para que no tuviese excusas para no escribirle.
¿Qué podría contarles? Que la cagaban a palos cada vez que salía al patio, que apenas si comía un pedazo de pan porque las internas le quitaban la bandeja, que cuando le abrieron la cabeza porque era rubia y de ojos claros una enfermera la cosió sin anestesia y, después de agonizar durante cuatro días, la metieron bajo la ducha helada, y que reaccionó cuando sintió que le canalizaban  el brazo.
No hubiera podido contarles de ese submundo pero sí dibujar mentiras. Y apaciguar el  dolor  con las cartas recibidas o con los días de visita aunque compartiera tan poco tiempo con ellas, al menos, podía escucharlas, observar cada detalle de sus pequeños cuerpos, cada nuevo gesto. La vida se reducía a esos cuarenta minutos. Después esperaba la noche para hablarles en silencio frente a la ventana y decirles que las amaba.
Pronto cumplirá treinta años. Para cuando salga, tendrá sesenta y espera que, en unos años más, sus hijas ya no la visiten; se prepara para enfrentar esa circunstancia por el bien de las nenas, para que puedan tener una vida normal, digna, sin el peso de la vergüenza. Está decidida a cortar ese vínculo; de otro modo, sus niñas no podrán formar pareja. 
Imagina situaciones donde Lola, ya convertida en mujer, le dice a su novio que su madre está en la cárcel porque mató a la mujer de su amante. El chico abre los ojos como platos, agita la cabeza, traga saliva y piensa que seguramente su suegra no es culpable, que tal vez se trata de un error, y después escucha la voz de Lola que le dice que su madre se declaró culpable pero que ahora está arrepentida y quiere pagar por lo que hizo. El chico le pregunta si la víctima tenía hijos y Lola le responde que sí, que son tres chicos los que quedaron sin madre pero que el padre, el jefe de policía, se ha hecho cargo de sus hijos, que al principio se tomó licencia por dos años pero finalmente terminó renunciando a su cargo  y que los chicos ahora tienen la misma edad que ellas, alrededor de los veinte. El novio y ex futuro esposo no puede salir de la conmoción y sigue: ¿Cuánto lleva en la cárcel? Catorce años, dice ella apenada ¿Por qué la mató? La mujer encontró a mi mamá con su esposo en la cama. No supo explicar cómo fue,  le disparó en el pecho. El chico se sienta y agita la cabeza. Una sensación inexplicable se apodera de él y de todo el amor que siente por Lola. Quiere salir corriendo pero se queda inmóvil: me dijiste que tu padre se había suicidado.  Esto es muy raro. Ella lo mira, traga saliva y prefiere callar porque sabe que cualquier explicación sería inútil. Ve cómo la mirada de su novio se opaca. ¿Y ahora me lo contás? Me mentiste.  Hasta me inventaste el viaje a España para ir a visitar a tu madre algún día. Queda inmóvil con la mirada perdida en el suelo, camina hasta la puerta, la abre y se va para no volver nunca más.
Sandra tiene que hacerse a la idea de soltar a sus niñas, cambiarles esos cuarenta minutos semanales por la felicidad, para que puedan formar una familia y encontrar a un compañero de vida como lo fue Miguel; él la respetó siempre, aunque  la dejó sola con  dos bebés, endeudada y sin trabajo. Tal vez la decisión de Miguel fue el origen, el comienzo del fin de la gran tormenta que arrasó con su vida y de la que ahora solo le quedan las imágenes como fotografías, los sonidos que la envuelven, el llanto de las recién nacidas, las risas, las primeras palabras y los olores.  La casa huele a bebé, a leche, a pañales, a papilla mezclada con la colonia de Miguel que la espera  bañado y perfumado. Cuando ella abre la puerta él la recibe con un beso, le pregunta cómo le fue en el trabajo, agarra su agenda y sale apurado para no perder el ómnibus. Pero aquél día la secuencia ocurre de otro modo: la fragancia a pino no se siente, las niñas lloran sin consuelo, la más grande la agarra de la mano y la conduce por el pasillo hasta el baño; en el camino Sandra se asoma para ver a Paula que llora en la cuna y, cuando vuelve la vista al baño, ve los pies de Miguel colgando a la altura de la bañadera. Lola entra y lo tironea del pantalón. Sandra le tapa los ojos y la saca del baño mientras grita. Sale corriendo, agarra el teléfono y llama a la ambulancia. Vuelve a la habitación, saca de la cuna a Paula, agarra a Lola de la mano y sale de la casa. En la vereda siente ganas de vomitar, lo recuerda tan bien que le arde la garganta, hace fuerza para no despedir el guiso de papa que las internas cocinaron para la cena.
Aquél día fue un antes y un después: cuando salió a la vereda y se encontró sola con las dos nenas esperando la ambulancia que parecía no llegar nunca entendió que la tragedia había tocado a su puerta. Ahora la cárcel es su presente. Sandra respira profundo y ahoga el llanto. Enseguida escucha:
—Dejate de joder y dormite —ordena la Mole Moni.
— Dejala tranquila —le advierte la Rosi.
—Vos callate porque te rompo la cabeza a patadas —grita la Mole.
Sandra llora y cuando levanta la cabeza ve que la Mole Moni viene hacia ella, le estira la mano de carnicero y la agarra de los pelos.
—Dejala gorda hija de puta que te voy a abrir como a un sapo —dice la Rosi con su voz masculina y levanta su metro ochenta de la cama, camina hasta la Mole Moni y le ensarta un alambre de púa en el cuello. La Mole se paraliza en el acto, abre la mano que sostiene el mechón de pelo de Sandra y levanta los brazos como si la estuviesen por requisar.
—¡Prometé por tus hijos que no la vas a joder más!
—Me las vas a pagar…
—¡Prometé! Mirá que la Yamilé sale mañana y hace cagar a tus hijos si seguís haciéndote la gallita.
—¡Está bien! Lo prometo por mis hijos
|        —Mirá gorda que salgo mañana…—dice la Yamilé.
—¡Sandrita seguí llorando que losotras te vamo a bancá!  —grita una.
         La Rosi libera a su contrincante.
La penitenciaria  mira desde afuera. La celda es una habitación grande donde duermen veinte internas, desde su puesto puede ver cada rincón del lugar. Sin moverse ni emitir sonido le clava la mirada a Sandra y se la sostiene por una fracción de segundos. Sandra deja de llorar, su cuerpo se distiende bajo esa mirada. Se siente segura y entra en un sueño profundo. Esa noche, después de mucho tiempo, podrá dormir mejor.
Al día siguiente, cuando salen al patio busca a la penitenciaria.  Era una chica joven, a diferencia de las otras. La ve  apoyada contra el paredón resguardándose del sol. Sandra se le acerca porque intuye que no es como las demás; esta mujer, tiene la mirada amable.
—Hola. Soy Sandra.
         —Romina, Romina Córdoba.
         Sandra siente que se le aflojan las piernas cuando escucha el apellido. Palidece, baja la vista y recuerda la cara de espanto de Estela Córdoba cuando la bala le perforó el estómago.
         —Si, soy la hermana de Estela. Tanto tiempo esperando este momento y por fin te tengo enfrente.
         Romina se le acerca con lentitud. Sandra fija la mirada en el piso.
         —Quería tener la oportunidad de verte otra vez.
         Sandra intenta no llorar y sigue estaqueada frente a la penitenciaria con la cabeza gacha. En ese momento suena el timbre.  Romina Córdoba le advierte “después la seguimos” y sale a ordenar a las internas.
         La Rosi se acerca:
         —Esta hijaeputa estuvo hablando con la Mole. Es la hermana de tu muerta.
         A Sandra se le estruje el corazón cuando escucha “tu muerta”. Intenta decir algo pero las palabras no le salen.
         —La Córdoba ésta te quiere hace boleta y sabe que la Mole por dos mangos le hace el trabajo. Pero vos no te preocupes Sandrita que yo te voy a defendé. Te venis a mi cama. Así no te pasa como cuando te agarraron en el baño y te hicieron de todo.
         Caminan hasta el comedor. Era el turno de cocinar de  “las trolas”,  “las guachas” cocinaban mejor aunque comer en esas condiciones mínimas de higiene le revuelve el estómago y por eso había bajado mucho de peso desde que estaba adentro.
La Mole Moni no cocina. Se sienta a comer su ración y después, si ninguna de las internas le regala su plato, se pone de pie, camina alrededor de la mesa, elige a una víctima y le saca la comida.
Todas las internas están en fila esperando su ración salvo la Mole Moli que está sentada comiendo.
—No la mires —dice la Rosi.
Pero los ojos traicioneros de Sandra se cruzan con los de la Mole y se desata la tormenta. La Mole se pone de pie y camina en línea recta hasta Sandra. La Rosi se le adelanta y la frena.
—La Yamilé sale hoy y va  hacé boleta a tu familia. Dejala tranquila a la Sandrita. Ya tené la nueva. 
Aunque la Rosi es tan despiadada como la Mole, ella no está de acuerdo con prolongar los bautismos. Cuando alguien entra se le muestra quien manda en cada bando y para eso ponen en práctica sus métodos de sumisión. Sandra ya tiene en claro quién manda en cada bando.
—Con ella es distinto porque es tu protegida —dice la Mole y ve que la penitenciaria se acerca.
—¡Sentate!  —ordena Romina Córdoba y hace retroceder a la Mole con el bastón en la mano.
Sandra está confundida con la actitud de la penitenciaria.
—Se hace la buena para despistar. Esta noche dormimos juntas —le susurra la Rosi a Sandra.
Sandra sabe que la protección no le saldrá gratis al igual que con el comisario cuando la llevaba al departamento.  
Ese día pasa lento y Sandra cree que la noche será otra pesadilla. La Rosi la va a manosear en la cama y la Mole la vendrá a matar, se van a trenzar como gatas y, si sale con vida gracias a la protección de Rosi, la siguiente tal vez la muerte la encuentre en el baño, o en la ducha o en la cocina.
La noche llega. La Rosi espera a Sandra en la cama. Sandra se acuesta vestida. La luz se apaga. Sandra siente impotencia pero es mejor que el asco que le provocaba el comisario o el pánico que experimenta cuando la Mole se le acerca. Cierra los ojos y espera sentir las manos de la Rosi en la entrepierna. En lugar de eso, siente el aliento de su compañera y la voz gruesa que le dice:
         —Quiero que mañana nos casemos.
Sandra siente que se le congela la sangre. Ve a Miguel esperándola en el altar, los invitados que la miran como a una Diosa. Su castillo había sido arrasado con la última ola, la de la depresión de Miguel y así fue como pasó de esa fortaleza  a la mazmorra.
         —Sandrita, con vos es distinto. Yo no te pienso tocar un pelo si vos no queres pero pensá que casadas podemos tener muchos beneficios.
         Una hora más tarde, cuando las internas están dormidas, Sandra ve una silueta del otro lado de los barrotes. Siente el ruido de las llaves que abre la celda y la luz de una linterna que camina hacia ella. La Rosi, siempre alerta, ve a la penitenciaria que se le acerca y le apunta con la 9mm.
         Romina Córdoba le hace seña a Sandra que se acerque. Sandra obedece. Romina la agarra del brazo y la lleva afuera. Cierra la celda con llave.  Caminan por el pasillo hasta una oficina. Romina la obliga a sentarse. Se le para enfrente, se cruza de brazos y espera la reacción de la interna. Sandra no puede mirarla,  se quiebra y el dolor  sale por sus ojos.
—Mi hermana  no hubiese querido esto para vos y tus hijas. Ella se aguantó
muchos años de golpes y humillaciones pero ya sabés que no podía hacer nada.
Sandra lo sabe bien. Lo supo el mismo día en que  conoció a ese monstruo después de que Miguel se suicidara. El jefe de policía estaba en la comisaría cuando ella fue a hacer autentificar unas firmas: se le acercó, la miró con ojos inquietos y después le ofreció ayuda. Terminaron tomando un café en el bar de la esquina. Sandra,  desorientada con tanto trámite, no podía sola con las dos nenas, un trabajo de diez horas, lo embargos y los prestamistas que la amenazaban. Por desesperación, aceptó la ayuda del diablo; por debilidad, por estúpida. A cambio de dos encuentros semanales en un departamento de la zona, pudo salir a flote.  Apenas unos meses de tranquilidad a cambio de sexo. Por sus hijas, Sandra fue capaz de soportar el asco que le provocaba que ese tipo la tocara, la penetrara con brusquedad y le hiciera hacer cosas que ella nunca había hecho con nadie. Tenía que ser fuerte y poner el cuerpo. Pensó que, en algún momento, eso se terminaría. Nunca imaginó ese final: ella arrodillada en la cama, él teniendo  sexo con un menor de edad, un ruido, la puerta que se abre, los ojos de espanto de una mujer joven. Él le grita: —¡Qué hacés acá! Después estira el brazo, agarra la 9 mm que está sobre la mesa de luz y dispara. Estela Córdoba muere en el acto.
—Sé que te declaraste culpable por el bien de tus hijas —dice Romina— pero nunca me creí el cuento de lo que pasó aquel día.
—Mis huellas…  —susurra Sandra.
Romina la interrumpe:
—La presencia del chico en la escena del crimen me dio la fuerza para vengarme. Después de varios años de insistir, el pendejo se quebró y me contó la verdad.
Una sombra corre por los ojos de Romina.
—Conocí muy bien a ese asqueroso, desde chica que… —dice la penitenciaria pero no puede seguir hablando.
La impotencia corre por el cuerpo de las dos mujeres. Sandra agita la cabeza como poseída.   
—Sandra, el chico está dispuesto a confesar. Prometeme que vas a declararte inocente: por mí, por mi hermana, por ese chico…
—Y por mis hijas —agrega Sandra, con una fuerza nueva en la voz.





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